Aprende a vivir tus emociones

emociones sexualidadComparto con vosotr@s este texto de la psicóloga Paula Ortiz

¿Qué es una emoción?

Las emociones son reacciones subjetivas que experimentamos ante determinadas circunstancias y que implican una serie de cambios transitorios en nuestro organismo (se producen cambios en nuestra atención, nuestros pensamientos, nuestro cuerpo…). Las emociones están influidas por factores biológicos innatos y también por la experiencia y pueden surgir ante estímulos o circunstancias externas (por ejemplo, encontrarse con un atasco en carretera, ver a la persona amada, percibir un peligro…) o también pueden darse ante situaciones internas (un dolor de muelas, el recuerdo de aquel verano en la playa, la preocupación acerca del futuro…).

Actualmente, predomina la creencia de que existen emociones “positivas” (alegría, calma, bienestar…) y “negativas” (ira, miedo, tristeza…) y que, para ser felices, debemos potenciar las emociones “positivas” y tratar de huir o eliminar las “negativas”. El problema de esto está en que no existe un “botón” que podamos accionar para programar nuestras emociones a voluntad. Es más, para lograr la mayor parte de cosas que nos hacen sentir felices, orgullosos o satisfechos a largo plazo, muchas veces tenemos que convivir con ciertas emociones que nos resultan desagradables a corto plazo (los “nervios” que pasamos en la entrevista para el puesto de trabajo del que tan orgullosos estamos, la inseguridad que sentimos al pedir aquella primera cita…)

Este punto de vista, que divide las emociones en “positivas” y “negativas” resulta, en la práctica, poco útil, puesto que las emociones no son “buenas” o “malas” en sí mismas, sino que cumplen una función de supervivencia. De hecho, si no existieran muchas de las emociones que hoy en día consideramos “negativas”, seguramente nuestra especie no habría sido capaz de sobrevivir a lo largo de miles de años ¿Te imaginas que hubiera pasado si ninguno de nuestros antepasados cazadores hubiese tenido miedo de los depredadores?

¿Para qué sirven las emociones?

Como ya hemos adelantado, si las emociones existen, es porque cumplen una función. Por ejemplo, el asco nos mueve a rechazar o alejarnos de estímulos que podrían ser potencialmente dañinos para nuestra salud; el miedo, nos lleva a buscar protección y seguridad; la alegría nos motiva y favorece las relaciones sociales; la tristeza favorece la obtención de ayuda por parte de otros, a la vez que nos ayuda a reflexionar y “digerir” determinadas situaciones dolorosas.

Como podemos ver, todas las emociones, tanto las agradables, como las desagradables, cumplen importantes funciones en nuestra vida y forman parte de nuestra naturaleza humana. A pesar de esta evidencia, nuestra cultura nos ha educado para intentar controlar, reprimir o luchar contra nuestras emociones, de forma que nuestro propio “miedo a sentir” hace que, en ocasiones, en un intento por evitar ciertas emociones, nos quedemos paralizados o bloqueados, o caigamos en una espiral de hiperreflexión que, más que ayudarnos a eliminar las emociones indeseadas, puede llevarnos a cronificarlas.

Aprendiendo a vivir las emociones

Como hemos venido señalando, las emociones no constituyen un problema en sí mismas, sino que más bien, lo que nos causa problemas es la forma en que las afrontamos o la manera en que reaccionamos ante ellas. Si, por ejemplo, cuando nos sentimos tristes, nos quedamos en casa, dejamos de implicarnos en nuestras actividades cotidianas o nos aislamos de nuestras relaciones sociales, puede que eso, a corto plazo, nos ayude a evitar un esfuerzo o a evadirnos de una realidad que vivimos como hostil. Sin embargo, si a la larga dejamos que las emociones nos paralicen de esta forma, es probable que esa tristeza no solo no desaparezca, sino que se quede con nosotros más tiempo de lo deseado.

Como dice el poema de Rumi “La Casa de Huéspedes”, las emociones son como huéspedes que nos visitan durante un tiempo y, una vez cumplida su función, se van. Cada día, alguien nuevo, puede llamar a nuestra puerta: una alegría, una decepción, una esperanza… Cuando no queremos dejarlos entrar, los huéspedes (que saben que estamos en casa) llamarán incesantemente, golpearán y empujarán nuestra puerta con fuerza. Para vivir nuestras emociones de una forma sana, en lugar de quedarnos pegados a la puerta controlando por nuestra mirilla o empujando la puerta tratando de bloquearla, hemos de aprender a ser buenos anfitriones y tratar a nuestros huéspedes con hospitalidad. Como buenos anfitriones, hemos de dar la bienvenida a cada invitado, abrirle la puerta, dejarlo entrar y permitir que nos diga lo que viene a decirnos. De esta forma, una vez que nuestro huésped haya dicho lo que venía a decir, habrá cumplido su función y acabará marchándose por su propio pie.

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