Perspectiva de género en la atención a mujeres drogodependientes

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A continuación compartimos el reportaje publicado el pasado 9 de agosto en el periódico La Nueva España, realizado por Carmen Basteiro. En la imagen, la psicóloga y sexóloga Ángela Kethor Soto Guerra en una sesión de terapia con perspectiva de género con mujeres drogodependientes, usuarias del Programa de Rehabilitación en Drogodependencias del Centro R.E.D, mientras narran cómo los problemas de pareja y el consumo de ansiolíticos agravaron su dependencia.

Soraya, Raquel y Silvia libran cada día una dura batalla. Las tres son usuarias del Centro de Rehabilitación en Drogodependencias R.E.D de Mieres, que gestiona la asociación Buenos Amigos. Están dentro del Programa de Empoderamiento de la mujer drogodependiente, un plan pionero que ofrece terapias adaptadas a usuarias y en el que hacen especial hicapié en asuntos que podían quedar relegados en los tratamientos clásicos: los lazos familiares, las relaciones sexuales, la gestión de las emociones y el amor por el propio cuerpo. Cada día son más las mujeres que se atreven a pedir ayuda. En el R.E.D de Mieres, el porcentaje ya se acerca a la mitad del total de personas que acuden al centro.

Silvia (las usuarias no ofrecen sus apellidos para no ser fácilmente identificadas) está empezando a quererse de nuevo, después de un largo periodo de consumo abusivo de alcohol. Tiene 57 años y ha tenido tres relaciones sentimentales a lo largo de su vida. “No tuve mucha suerte con los hombres”, explica. Fue durante su primer matrimonio cuando empezó a beber, siempre en la soledad de su casa. Afirma que no encontraba una salida, que era demasiado joven y se dio cuenta de que había cometido un error. “A lo mejor bebía un día, y otro y otro. Pero luego me tiraba un mes sin beber. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que tenía un problema”, señala bajo el prisma que le otorga la experiencia. Hizo la maleta y volvió a su casa: “Mi madre era pobre pero yo sabía que allí cama y comida no me faltaban nunca”. Fue al médico de cabecera y le explicó que estaba triste y malhumorada. Receta de antidepresivos en mano, cayó en una espiral que llegó a ahogarla: “Tras veinte años de tratamiento psiquiátrico tuve un infarto. Con toda la medicación que tomaba, y además el alcohol, quedé hecha una pena”. Fue su hija, la que vive con ella, la que le dio el empuje necesario para acudir al centro de Buenos Amigos, donde empezó a poner solución a sus problemas.

Ahora lleva meses limpia y está a punto de terminar la terapia. Ángela Kethor Soto, psicóloga y sexóloga, es la encargada del Programa de Empoderamiento de la Mujer. “Las tratamos en grupos reducidos y se sueltan más, salen más cosas a la luz y les resulta más fácil confidenciar cuando están entre iguales“, destaca la experta. Unas alas que cogen en la terapia femenina y que también se despliegan durante las sesiones colectivas, en las que participan todos los usuarios independientemente de su sexo. Lo que más diferencia a la mujer en casos de abuso de sustancias nocivas, según Soto, es “el estigma social”.

Un estigma que Soraya llevó durante años marcado a fuego en su frente. Quizás por eso, consumía solo alcohol en la soledad de su habitación. “Tengo un carácter muy depresivo y me refugiaba en la bebida”, explica con una entereza que hiela a los interlocutores. Ella repite la historia de Silvia: visita al psiquiatra, receta de antidepresivos con un mal diagnóstico y años de dolor. También empezó a beber por un problema con su pareja: “Teníamos tan mal ambiente que no quería estar sobria”. Llegó a pensar y planear su suicidio.

Amigos y familia, sobretodo su hermana, pudieron rescatarla a tiempo del pozo. Volvió al médico de cabecera y ese día, hace ahora más de un año, sí le contó la verdad. Que encadenaba alcohol con resaca y que ya no tenía ganas de vivir. Fue el doctor de atención primaria el que le recomendó una terapia. “Lo mejor que me pudo recetar”, dice ahora, con una sonrisa valiente en la cara. Está a la mitad de su terapia y, aunque el camino es largo, empieza a ver la meta de una carrera maratoniana contra la adicción.

La falta de motivación, la dificultad para desempeñar actividades y procurarse los cuidados cotidianos y la instrumentalización de la sexualidad, son rasgos que se repiten con frecuencia entre las mujeres con problemas de adicción. Cuesta reconocerlos porque, en la mayoría de los casos, la mujer se aisla socialmente y bebe en solitario, dentro de sus casas. Aunque también hay excepciones que confirman la regla.

Es el caso de Raquel, que a diferencia de sus compañeras, siempre bebía en bares. “Podía tomarme una cerveza en casa, pero mi consumo era muy social”, explica. Es la que más se emociona al recordar su historia: “Me vi muy mal, muy hundida”, dice entre lágrimas. Su descenso al infierno de la adicción empezó cuando se casó con un hombre que “no aparecía por casa”. “Me vi sola, con dos niños pequeños, y un hombre con el que no podía contar”, relata. Esa incertidumbre es un tipo de maltrato psicológico que se da con relativa frecuencia en las parejas de consumidores. También el chantaje con la sustancia y las consultas sexuales de riesgo. La mayoría de las mujeres del Programa de Empoderamiento de Buenos Amigos han sufrido en algún momento de su vida maltrato físico por parte de sus parejas.

A Raquel su marido no le pegaba, pero esa ausencia en casa le dolía como una bofetada en el alma. Es por eso que empezó a salir por su cuenta, a las terrazas, cuando sus hijos aún eran pequeños. Tuvo el valor de divorciarse, a pesar de que tenía cierta dependencia emocional, e intentó emprender una nueva vida. Pero todo iba cuesta abajo. También en su caso tomó antidepresivos y ansiolíticos, que hirieron su salud al combinarlos con el alcohol. Acudió a Buenos Amigos tras su descenso a los infiernos: “Puedo decir que toqué fondo”.

No quiere dar más detalles, porque aún le duele el alma. Para de hablar, coge fuerza, y anima al resto de personas que se ven en su situación a que busquen una salida: “Siempre queda alguien, por mucho que hayas hecho, que te quiere ayudar. Siempre hay una persona dispuesta a darte la mano, aunque a veces no sea de tu familia”. En el Centro R.E.D de Buenos Amigos están siempre preparados. Listos para ser la muleta que ayuda a caminar hacia la nueva vida. Soraya, Raquel y Silvia ganan cada día una dura batalla. Esperan vencer también la guerra.

Fuente de la noticia: La Nueva España. Imagen por J.R. Silveira

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